martes, 4 de noviembre de 2014

Ayotzinapa, Argentina


En un programa de la televisión argentina, de esos que hablan mucho de política pero dicen poco, como tantos otros, un invitado dijo que el caso de los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, Guerrero, México, era “La Noche de los Lápices” mexicana. La llamada “Noche de los Lápices” fue un operativo en el que el nuevo gobierno militar secuestró e hizo desaparecer a 10 estudiantes de secundario en la ciudad de La Plata en 1976, en un acto de represión que vaticinaba lo que estaba por sufrir la Argentina durante los años siguientes.

Ante el comentario del invitado, mi marido, un izquierdoso Radical (del partido Radical argentino, aclaro), cambió el canal mientras hacía el gesto de que la comparación era una exageración sin precedentes. Yo creo que él, y mucha gente de izquierda, moderada y radical, en México y en muchas partes de América Latina, padecen una ceguera patológica y peligrosa, porque les parece que comparar una “democracia” como la mexicana, con una dictadura como la argentina, es una exageración.

Pero esa es justamente la trampa, creer que porque hay elecciones periódicas, más o menos libres, más o menos equitativas, es suficiente para decir que hay democracia. Quizá el México que dejó el Dr. Zedillo se encaminaba a una democracia pero el México de hoy no lo es. Y déjenme decirles que en democracia el “cómo” se eligen las autoridades es lo de menos, pero el hecho de que se respeten las libertades políticas básicas, que haya participación ciudadana en el diseño de las políticas públicas, que la gente esté informada y pueda hacerse un criterio sobre lo que pasa en su país, que existan mecanismos de justicia eficientes y eficaces, que los servidores públicos estén sujetos a rendición de cuentas, todo eso, que en México no tenemos, eso es democracia. ¿Qué es el régimen mexicano? No tengo la menor idea: escapa a toda categorización de que se tenga noticia en los libros de teoría política, porque da la pinta de ser una democracia pero se comporta como los regímenes más autoritarios y criminales que pueda haber en el mundo.

Más aún: esta bonita ficción de la democracia mexicana puede hacernos creer que el gobierno tiene la legitimidad para hacer lo que hace. Y entonces las víctimas de este régimen criminal, seguramente “algo habrán hecho” para correr la suerte que tuvieron. Es decir que las miles de víctimas que reportan las organizaciones de defensa de derechos humanos hicieron algo para merecer la desaparición forzada, la tortura, la muerte. Aún si sólo se tratara de disidencia, es ridículo alegar que sólo por no alinearse al régimen uno merece esa suerte. Y si se tratase de criminales en verdad, eso sólo indica que el sistema de justicia está colapsado. En ninguno de los dos casos, eso es democracia.

México no es una democracia: no se engañen. Que el gobierno sea civil, que haya llegado al poder por elecciones, que exista en la forma una división de poderes, no es más que una pantalla. Las instituciones que existen no sirven para la democracia, porque las relaciones políticas que las animan se basan en compadrazgos, en cacicazgos, en corrupción y ahora, como se ha hecho evidente con los estudiantes de Ayotzinapa, en persecución y muerte. En el fondo, es tan atroz y criminal como las dictaduras del cono sur en los setenta.

No sé si Ayotzinapa será La Noche de los Lápices, el inicio de la represión sistemática, pero por lo menos parece ser una pincelada de realidad que se ha colado a la conciencia colectiva para que ahora sí pase algo. O tal vez, como siempre en México, no pase nada.