martes, 15 de mayo de 2012

Doce años después

En el 2000, todo era muy diferente. Yo iniciaba mi segundo semestre de la Licenciatura en Ciencia Política en el Tecnológico de Monterrey (Campus Ciudad de México), y era parte de la primera generación de esa carrera que, según nos repetían hasta el cansancio nuestros profesores y directivos, “abriría brecha” en el Tecnológico. Efectivamente, mirándolo en retrospectiva, abrimos brecha, y parece que todo el trabajo, la frustración, y la emoción de aquellos años ha rendido frutos a fin de cuentas.

En aquel tiempo nuestra joven e idealista directora de carrera nos instó a formar una Asociación de Estudiantes. “Abrir brecha”, en esos momentos de la historia del país, y del Tecnológico, significaba arar en el mar, un poco como ahora parece todo el movimiento pro derechos humanos en el país. Recuerdo en particular que en ese momento, un par de meses antes del histórico 2 de Julio de 2000, todas las grandes universidades hicieron un simulacro de elecciones. Nuestra asociación de estudiantes de ciencia política, por supuesto, quería estar tan a la vanguardia como las otras universidades. Sin embargo, al presentar nuestra iniciativa al “Comité Político” del campus, se nos explicó que “el Tecnológico no está listo para esto”, y básicamente nos mandaron de vuelta exactamente por donde llegamos.

(Dicho comité, por cierto, incluía a Agustín Basave, un priísta como muchos que en aquel punto muerto de su carrera política se refugió en la academia, y cuyo coqueteo con la campaña de Fox permitió que Jorge G. Castañeda nos diera algunas clases, y todo el insight de la campaña, aquel verano del 2000).

Esa historia de que “el Tecnológico no está listo para esto, ni para aquello, ni para esto otro tampoco”, la escuché millones de veces, y pese al cuestionamiento constante de “y si no está listo, ¿para qué carambas tienen una licenciatura en Ciencia Política?”, las cosas permanecieron así por mucho tiempo. La tendencia histórica del Tecnológico era la de mantenerse al margen de la vida política, quizá por la línea que desde el 68 había tirado Don Eugenio Garza Sada, o quizá porque fue precisamente una cuestión política –que todavía permanece bastante oscura–, la que le arrebató la vida a su fundador.

Doce años después, el Tecnológico tiene cursos de ética y civismo como parte de la formación de absolutamente todos sus alumnos; tiene mecanismos precisos y certeros para que los alumnos efectivamente acrediten un servicio social que les dé algún tipo de experiencia vivencial de lo que es la realidad del país; abre sus puertas para que políticos y candidatos entablen diálogos con los alumnos; y, tristemente, es la primera universidad en el país, desde 1968, a la que su Rector, el Dr. Rangel Sostmann (ahora ex Rector), convocó, acompaño y lideró en una manifestación masiva a favor de la paz y el esclarecimiento de los asesinatos de nuestros compañeros Jorge Mercado y Javier Arredondo.

Han pasado doce años desde que el Tecnológico no estaba preparado para la política mexicana. Luego de lo que ha ocurrido en la visita de AMLO al campus Monterrey, y con el candidato Peña Nieto en el campus Santa Fe de la Universidad Iberoamericana (institución en la que di clases alguna vez y a la que le tengo aprecio), todo parece indicar que, junto con la UIA, estamos listos. Los alumnos están listos para hacer efectiva la misión y ser “ciudadanos comprometidos” y “agentes de cambio”, y no tienen miedo de ensuciarse las manos y dar la cara a quien sea –políticos, candidatos, autoridades– para cuestionar, proponer, escuchar y debatir.

Parece que la masa crítica del país –los universitarios–, está lista también. Esperemos que las autoridades, llegado el momento, no le den la espalda a sus alumnos en todas las instituciones de educación superior del país y también estén listos. Esto apenas empieza.